
Loreley es quizá la más famosa de las sirenas europeas, aunque su hábitat era el río Rin.
Se la describe como una sirenita rubia de belleza indescriptible, que se sentaba en una angostura del río, sobre una roca elevada en medio de las más peligrosas corrientes y remolinos. Allí pasaba horas peinándose su cabellera y cantando tales canciones que los barqueros del río caían en el olvido de todo cuanto les rodeaba, dejándose arrastrar por la corriente hasta la roca a cuyo pie un fiero remolino los devoraba.
Sin embargo, cuenta la leyenda que una vez Loreley atrapó así a un muchacho que, antes de ser tragado por el remolino, alzó la vista hacia ella clavándole una mirada tan ardiente y profunda que tocó su frío corazón transmutándolo en un corazón sensible, de mujer humana.
Ya nunca más Loreley pudo cantar. Sólo lloraba de pena por el marinero muerto y de arrepentimiento por sus acciones.
Finalmente ella regresó a las honduras del río y nunca jamás nadie volvió a escuchar la dulzura de su voz ni la belleza de sus melodías misteriosas.

